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Renunciarás con dolor

Son las 11 PM y, por esas cosas de la vida, no estoy en la cama amuchada con mi señor marido, sino en la oficina.

Cuando digo esas cosas de la vida, entiéndase todos los factores que me llevan a renunciar a fin de mes concentrados en una sola tarde/noche. Lo que odio, lo que me duele, lo que me desquicia, lo que no puedo entender. Los habituales flashes de estupidez transformados en rayos, centellas y hasta granizo. La expresión tormenta de ideas llevada a vida por una serie de Frankensteins de escritorio.

Lo único que me mantiene entera es que tengo helado en casa.

Actualización: pasaron 20 de la medianoche y sigo. Ya ni el helado me salva.

Frotando la lámpara

Si apareciera un genio y me concediera tres deseos, después de los 10 kilos menos (según croquis, no al voleo) y una cabellera sin frizz, le pediría que resolviera el pequeño temita de la vocación. Me lo imagino así:

El sujeto dadivoso en cuestión, de nombre Abdul, un negro bonachón con la voz de Morgan Freeman (le otorga seriedad al asunto), tapado de aros y tattoos, me otorga los dos primeros deseos. Luego de un pequeño debate capilar (el Genio es Giordanista y yo no), nos concentramos en mi futuro. Abdul es un genio responsable y me hace contestar unas cuantas preguntas para que ambos estemos seguros:

_ ¿Te gusta trabajar con gente?

_ Si te digo que no, todo mal, ¿cierto?

_ ¿Te gusta trabajar al aire libre?

_ El tono verdoso de mi piel no es casual.

_ ¿Rosas, ropa o un desayuno?

_ ¿Qué tiene que ver?

_ Cumplo 10 años de casados la semana que viene y no sé qué regalarle.

- Jugate, Morgan, no seas rata.

_ Abdul, no Morgan.

_ Bueh.

Cincuenta preguntas, una ergometría y un test de alcoholemia más tarde, Abdul parece satisfecho. Ya sabe que va a llevar a su esposa al teatro y después a comer. En cuanto a mí, no está todo tan claro. Al parecer es cierto que no tengo vocación alguna.

_ ¿Y no podés darme una?

El genio se desliza lentamente dentro de su lámpara (de bajo consumo, obviamente), mientras me mira en silencio. Huye, el muy cobarde.

Andá, Morgan, ojalá se te infecte un piercing.

Pequeñas ausencias

La Bombonera no late, bosteza. Al menos hoy.

Un gol. Una cabeza. Eso fue todo.

Podría protestar porque el Cholo no lo puso a Ferrari, porque el equipo no es capaz de ganar al ta te tí, porque Abreu será buen tipo pero hasta ahora no hizo ni mú.

Podría renegar preventivamente porque Hablo-sólo-cuando-gano y Comunicator me van a cargar mañana, porque San Lorenzo también es puntero y porque el brujo dijo que los cuervos van a ganar la Libertadores y eso quiere decir que vamos a perder el jueves.

Podría consolarme pensando que debió haber sido goleada, que Pechito no jugó bien, o que Estudiantes también perdió.

Podría. Pero lo único que puedo hacer es pensar que mañana va a faltar un mail antigallina en mi casilla. Vuelve a empezar el ciclo de las primeras veces.

Cómo extraño a mi Bostera Favorita.

¿De qué te quejás?

Hace unos meses, alguien con quien comparto gran parte del día pero que no conoce nada de mí, me dijo sin anestesia que no tenía derecho a quejarme. Mi vida, a sus ojos, es de lo más reconfortante. Un marido que me quiere, un padre abnegado y un pasar económico sin demasiados sobresaltos.

En ese momento me maravilló que alguien me hubiera simplificado en tres ítems. Además, y sin desprestigiar a los dos hombres que viven conmigo, ninguna de esas características hacen a mi persona, a mi esencia y a lo que soy como ser humano. Soy según los demás. A sus ojos. El problema es que yo quiero ser por mí misma, cuestión elemental que a ella jamás se le cruzó por la cabeza. Concepto que desconoce. Inquietud que no la desvela. Etcétera. La resignación tiene mil formas de ser definida.

Seamos justos. No tengo mucho de qué quejarme realmente. Mis necesidades básicas están mediamente satisfechas: techo, abrigo, comida, afecto. Aún renunciando a fin de mes, ese nivel de satisfacción no corre peligro. Mis problemas pasan por otro lado y, en estos tiempos de crisis reales y constantes, dejan de ser relevantes. Caen en la categoría de caprichos, inconstancias, delirios o complejos. Salvo los amigos que se dignan a reconocer que a ellos también les pasa lo mismo, nadie siente mucha simpatía por una persona en plena crisis vocacional, por ejemplo.

A mi alrededor hay gente que tiene razones reales para quejarse. Enfermedades que amenazan la vida y la dignidad. Viudeces muy tempranas para hacerse a la idea o muy tardías hasta sentir que se murió la mitad de uno. Parejas que se van sin dar tiempo a preguntar por qué. Cargas de todo tipo: familiares, sociales, económicas, culturales, religiosas. Hay para todos. Elija su propio martirio y vea qué le depara el futuro si decide ir a la página 22.

Yo no sé lidiar con problemas. Ni reales ni imaginarios. Ni físicos ni etéreos. Mi vida, hasta hace un par de años, corría dentro de los carriles de una normalidad que rozaba el aburrimiento. A mi familia no le pasaba nada. Nunca nos mudamos, nuestros perros viven por décadas, ninguna de las tres princesitas se llevó una materia a marzo. Tanto tiempo de confort me sacó la capacidad de reacción ante las eventualidades que se presentaron después y que, aparentemente, van a seguir ocurriendo. Todavía, y eso que últimamente nos vemos seguido, no me llevo bien con la muerte.

Señora de la Vida Completa, quién es usted para quejarse.

No quiero ser grande

Tengo muchos recuerdos de mi infancia, pero en ninguno de ellos me veo respondiendo a la trilladísima pregunta ¿Qué querés ser cuando seas grande?. Quizá sea todo parte de un proceso de negación, pero honestamente no lo recuerdo. Tampoco tengo memoria de que la chiquita cachetona que trepaba techos sin pestañear y jugaba a ser Elizabeth de la serie de los extraterrestres que comían ratas, haya hecho planes a futuro como los otros chicos. Ni astronauta, ni doctora, ni mamá de 3 dulces niños. Nada. Nunca dije: Muero por ser esto. Vaya uno a saber en qué tenía ocupada mi cabezota, pero estaba bastante lejos de la ambición, la vocación y otras inquietudes que, quizá, me hubieran asegurado un presente más claro. No digo promisorio ni brillante. Simplemente, más claro. Con eso me alcanzaría.

No estaba en los planes de nadie que esta adulta hecha y derecha hoy no sepa qué hacer con su vida. La nena estaba hecha para triunfar y trascender. Mis gracias infantiles se apartaban de la ingenuidad de En el cielo las estrellas, en el campo las espinas. Siendo capaz de leer y escribir incluso antes de abandonar la mamadera, muy pronto desarrollé la habilidad de contradecir a los adultos en su propio terreno. Era divertidísimo desnudar su ignorancia, con la seriedad de una pequeña déspota que llevada por su curiosidad había leído todos los libros que tenía a su alcance, se movía por una enciclopedia con más destreza que en una bicicleta y sentía la necesidad de saber y hacer saber como si fuera un apostolado. Señalar, corregir, desconcertar. Ése era mi juego.

Y aunque las reglas cambiaron un poco, en la secundaria fue muy parecido. Llegué a convencer a cada una de mis profesoras que estaba hecha para seguir sus pasos. Sin mover un dedo, sin esfuerzos. Tan concentrada estaba en mi unipersonal, que nunca me di tiempo para pensar qué vendría después, cuando dejara de ser el prodigio mental que todos decían que era y tuviera que enfrentarme al mundo como una adulta más.

La nena que iba a llegar lejos anda a los tumbos. Y es demasiado cobarde para trepar el techo de su propia mediocridad.

Arroz con leche
me quiero casar
con una señorita de San Nicolás.
Que sepa tejer,
que sepa bordar,
que sepa abrir la puerta para ir a jugar

De “Arroz con leche”, confusa canción infantil.

Las primeras canciones que aprendemos no son, precisamente, un ejemplo de coherencia. A tan tierna edad, no somos capaces de comprender ni mucho menos cuestionar ciertos delirios en rima que las maestras de Jardín de Infantes y tías con instinto maternal nos enseñan con un único y nefasto propósito. En cada reunión familiar, el coro de adultos nos pedirá una y otra vez que cantemos la del demandante Elefante Trompita, la trágica historia nasal del Payaso Plin Plin y otras aberraciones musicales.

Poniendo bajo la lupa el popular Arroz con leche, uno no puede menos que alzar una ceja escéptica y preguntarse a qué mente enferma se le ocurrió semejante barbaridad. Lo reconozco, mi cuestionamiento no es original, no soy la primera en destripar verso a verso este sucesión de ideas inconexas. ¿Alguien sabe cuáles son las intenciones ocultas de la Viudita del Barrio del Rey?

Hoy me voy a enfocar en las cualidades de la señorita de San Nicolás. La persona que invocaba tan infáticamente al lechoso y blanquecino alimento, también pretendía que su futura esposa cumpliera con una serie de requisitos un tanto básicos. Que sepa coser, bordar y abrir la puerta para ir a jugar. Pequeño gran detalle: no pedía que supiera cocinar. Evidentemente, o ya existía el delivery o el sujeto prefería las milanesas de su mamá. Y esto no se quedó ahí.

A lo largo de la historia y excediendo los límites de una canción infantil, las mujeres con deseos de casarse y formar una familia siempre tuvieron que tener una serie de skills sin las cuales, pobre de ellas, estaban condenadas a vestir santos, cuando todos sabemos que es mucho más divertido desvestir a seres humanos de carne y hueso. Incluso el Kamasutra es muy específico en lo que debe esperarse de una buena mujer (créase o no, hay mucho más que posturas imposibles en esas páginas).

Me pregunto si a la Señorita de San Nicolás alguien le dijo: Che, si te va hacer otra cosa que no sea coser y bordar, todo bien. Y mejor todavía si querés cerrar la puerta para ir a jugar.

Porque al parecer ella, como casi todas, sabía lo que hacía, pero no queda claro si realmente lo disfrutaba.

Vos deberías…

La única razón por la que estoy escribiendo es porque, una vez más en mi vida, cedí a la presión.

Vos deberías tener un blog.

Bueno, héme aquí.

Para no perder la costumbre, estoy metiéndome en algo de lo que no estoy muy convencida, únicamente porque me dijeron que estaría bueno que lo hiciera. No creo tener nada interesante para contar, sólo los desvaríos de alguien que está envejeciendo más rápido de lo que debería, a fuerza de gruñidos y una eterna insatisfacción.

Mi camino a este blog está regado de deberías. Soy una máquina de recibir e implementar sugerencias.

Vos deberías estudiar algo en serio.

Los 90 se sucedían en un jolgorio menemista y yo, mimetizada con el entorno, era ingenua y estúpida. Afortunadamente, ya no padezco de lo primero.

Cuando dije que quería estudiar periodismo deportivo, las reacciones fueron diversos matices de una única desilusión familiar. Sorpresa, sarcasmo, un par de ceños fruncidos. Aún sin saber lo que es una intervención, mis padres se las ingeniaron para llevar a cabo una en menos de lo que canta un gallo.

Y la nena, obediente, se inscribió en Medicina. Ahora hay un hueco de siete años en mi magro CV que no puedo explicar.

Vos deberías ir y ver qué onda

Un título, un casamiento y dos mudanzas más tarde, se hizo evidente que algo tenía que hacer de mi vida. Entonces un amigo, solidario, hizo la pregunta: ¿Te animás a presentarte de correctora?

En la entrevista ni dije ni mú.

A lo largo de mi experiencia en la oficina no dije ni mú.

Cuando me ascendieron a un puesto que no quería, de nuevo la vaca.

Ayer, después de 3 años de cauto y civilizado silencio, canalicé mi agotamiento físico y mental en las dos palabras que nadie esperaba: Me voy.

Y claro, antes de semejante decisión, un montón de gente me dijo: Vos deberías renunciar.

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