La Sobreviviente venía alternando días buenos con malos, pero desde ayer está sumida en un sopor casi inexpugnable, una especie de coma autoinducido del que sale cuando (pareciera) se le da la gana, por escasos segundos. Una fracción de lucidez pasmosa o de delirio absoluto antes de volverse a hundir en su oscuridad. Porque la Sobreviviente está a ciegas en más de un sentido.
Su mente le juega malas pasadas, le mezcla presente y pasado en una sucesión de personas y acontecimientos encadenados sin demasiada coherencia.
Sus ojos aguados buscan pero no ven, aumentando la confusión. Dirige su rostro, ansiosa, hacia el ruido o la luz, pero no lograr dar forma a su entorno, frustrándose más aún.
A veces quiero creer que por esto que cuento, y no por una abrumadora declinación de sus capacidades, prefiere dormir. No hay nada interesante ahí afuera para ella.
Entonces, cuando nadie lo espera, se engancha en la conversación como si nada pasara. Afilada, justa, precisa. Pero, mientras los ocasionales espectadores se recuperan de su asombro, ella vuelve a dejarse caer en las tinieblas de su desconcierto.
La superficie del agua se queda quieta, mansa, oscura. Y contenemos la respiración, rogando que salga otra vez.
No me estaba conectando con tiempo, ahora lo hago y leo esta noticia. No se como habrá evolucionado, pero la acompaño en este momento.