La Sobreviviente está internada otra vez.
La médica que la recibió en el sanatorio fue contundente: Ésta es la etapa final de una enfermedad crónica. Estamos haciendo todo lo que podemos dadas las circunstancias. De ahí en más, una serie de eufemismos que sirven de poco consuelo.
Ahora bien, hay algo que se escapa de los límites de una historia clínica: la tenacidad de la Sobreviviente.
La vida le dio la espalda miles de veces y nunca se dejó caer. Ni siquiera cuando se quedó viuda a los 31, embarazada de su quinta hija (mi mamá).
El dolor siempre estuvo rondando y nunca se quejó. No conozco a nadie que haya soportado un infarto, unas cuantas neumonías y un glaucoma que le robó la vista de a poco sin decir ni mú.
Supo desde muy chica, cuando siendo la segunda de once hermanos tomó las riendas de su hogar, que solo el trabajo y la constancia la salvarían. Inflexible como madre, su conducta se dulcificó con la llegada de los nietos. Gracias a ella dos generaciones desarrollaron un apetito voraz tanto por la lectura como por la comida casera, aprendieron a jugar a las cartas y descubrieron el encanto de la ironía.
Su filosofía es un compendio de certezas simples.
Sobre el trabajo: Hay que mantenerse ocupado porque sino uno tiene tiempo de pensar tonteras.
Sobre el matrimonio: Hay veces, querida, que tenés que mirar para otro lado y saber perdonar (¿podemos discutir eso?).
Sobre los niños I: No sé de qué te quejás, vos eras igual de ruidosa.
Sobre los niños II: Son chicos sanos, por eso se portan así.
Hoy, algo de esa filosofía y de esa tenacidad la mantienen luchando, aferrada a un pedacito de pulmón funcionante.
Siempre hizo las cosas a su modo. Y esta vez no va a ser la excepción.