Alivio.
La lucha de ¿poder? que se desencadenó en la oficina ante mi partida fue algo digno de verse. Me resultó llamativo cómo el puesto que yo consideraba (y aún lo hago) un refugio de mediocridad, se transformó de pronto en un botín de guerra. Es en estas situaciones donde se descubre que hay miserias y necesidad de reconocimiento más patéticas que las de uno. Lo más triste pero no por eso sorprendente, fue que con un pie afuera seguí siendo considerada como una rival. No sé si esperaban que me arrepintiera o que todo fuera un bluff. Los lobos soplaban sin saber que el cerdito ya se había ido.
Acelere.
De repente tengo ganas de hacer todo. Cocinar, estudiar, leer, escribir, salir. El regreso de la Señorita de San Nicolás, pero high on something. Miles de ideas, proyectos, delirios. La energía dispersa en todas direcciones. Conociéndome, es solo una fase, una compensación fugaz de mi mente ante el aburrimiento y las horas vacías. Lentamente, lo sé, el frenesí dará lugar a la tan familiar procrastinación. Me conformo saber que hago unas papas al curry tremendas y con terminar el pulóver.
Dudas.
¿Me gustará estar conmigo? Se sabe, la gente me parece un mal necesario. Aclaro: la gente no incluye a quienes aprecio, sino a una humanidad genérica, predecible, agobiante. Y teniendo en cuenta que no me quiero demasiado, no sería raro que ahora que tengo todo el tiempo del mundo para pensar en mí me termine hartando de mi persona.
Paciencia.
Hay una canción que aborrezco de Jarabe de Palo que dice “Todo me parece bonito”. Todo lo que habitualmente me resulta intolerable, ahora es placentero o, por lo menos, no despierta mis fantasías homicidas. Quizá sea demasiado pronto para sacar conclusiones, pero al parecer mis nervios están en paz con ellos mismos, apartándome del ya clásico estado de cortocircuito inminente. Ni siquiera el viajecito/huida de Cristina me arrancó de mi dimensión zen recién descubierta.
Preocupación.
Tengo miedo de acostumbrarme demasiado a esta vida de hogar, de ama de casa de tercer milenio. Una de mis amigas me señaló, con un guiño, la diferencia entre ser una desocupada y una mantenida. No, por favor, yo no quiero ni puedo ser una chica Utilísima. Mi voz es muy grave, me gusta demasiado el fútbol y, por ahora, no me interesa el feng shui.
La frase tonta al respecto sería: El peligro de no hacer nada es que uno le agarre el gustito.
La parte buena del asunto, en su caso, es que sabe que encierra aptitudes aún no descubiertas o temerosas de salir a la luz que podrían, por qué no, abrirle puertas desconocidas hasta el momento.
Por ejemplo, el feng shui. Ja, eso era en broma. Lo anterior iba en serio. Piense, luego exista.
Mis saludos!
Yo no descartaría el feng shui por dos obvias razones:
1) Siempre hay gente dispuesta a que le vendan cualquier verdura, más todavía si es importada.
2) Tengo los ojos chiquitos.
Eso es cierto, lo de la verdura le digo, los de los ojos no soy testigo.
En cuánto a las ganas de vender verduras, es viable, piense en todos los blogs sin sentido alguno que andan dando vueltas con consejos (x) y que tienen cientos de visitas y fuera de internet, cuántos programas de TV o revistas que merodean los límites del buen gusto y sin embargo se ven colmado de éxitos.
(x) coloque aquí el consejo inútil visto en un blog
Nota existencial: ¿existen blogs que tienen sentido?