Anoche, en una misa en la que quedó demostrada una vez más por qué el catolicismo va perdiendo adeptos por estos pagos, comenzó Ese mes del año. Por esta época pero en el 2006, mientras el pueblo futbolero argentino se preparaba, sin saberlo, para otra desilusión mundial, mi familia perdió la inocencia.
Cabe aclarar que, por esas cosas de la vida, cuando digo mi familia me refiero exclusivamente a la rama materna. La familia de mi padre siempre estuvo en esa conocida pero al mismo tiempo alejada galaxia de los parientes.
Siendo una estructura netamente matriarcal, desde que tengo uso de razón tuvimos la certeza inconsciente que la primera en irse sería mi abuela. Juraría que desde mis tías hasta mis sobrinos, todos creíamos que ella, la Sobreviviente, se marcharía de este mundo discretamente, todavía lúcida y mordaz, enamorada de su marido (o de su recuerdo, quién sabe) a pesar de haber enviudado hace más de ¡60 años!. Y eso iba a estar bien, una vida plena aunque llena de altibajos merece un epílogo de serenidad. Pero no. El destino tenía otros planes.
El primer golpe llegó un sábado al mediodía. Todos corrimos al hospital a ver a mi tía D (la más querida de mis 4 tías maternas), a quien habían internado después de dos semanas de rebotar en consultorios y salas de emergencia por un dolor de cabeza subestimado. Un cuadro confuso, un diagnóstico tardío, miles de idas y vueltas, un pequeño milagro (ajeno), y la inolvidable sensación de vacío al ver la tomografía, los ventrículos cerebrales llenos y dilatados, la sentencia en un trozo de acetato. Después de una cirugía que duró casi 8 horas, la esperanza. El reconocimiento, por fin, en los ojos que nunca negaron cariño, ni aun con la muerte rondando. Viajá tranquila, me dijeron. Pero el teléfono sonó a las 5 de la mañana en un cuarto de hotel en Buenos Aires.
Nueve noches después, una misa en una iglesia sencilla en una pequeña ciudad del interior. Cada vez que voy, me pregunto de cuántas personas seré pariente, teniendo en cuenta la predisposición de mis tíos abuelos a la improlija propagación de la especie. Entre tanta gente, el rostro de mi madre, abotagado y agotado en lo que, se suponía, era una manifestación más del duelo. Cómo adivinar que esa enfermedad que, aunque diagnosticada dos años atrás, la había desgastado durante por lo menos dos décadas, estaba dando su zarpazo final.
La Eminencia dijo Quizá sea necesario internarla. Un viernes al mediodía. Junio. Dos semanas después de lo de mi tía. Poner la otra mejilla, supongo. Ahí empezó el lento proceso de desconexión. Su frustración, primero, por no poder resolver un crucigrama. Después, por no poder recordar los nombres de sus hijas. En los últimos espasmos de lucidez, por considerarse una carga (Cómo te hago renegar, ¿cierto, nena?). Cada noche (mi turno) era evidente que se iba un poco más, aunque siempre quedaba la sensación de que podía volver. Hasta que un pequeño hilo de sangre se escapó por una de sus comisuras, señal inequívoca de que sus plaquetas estaban claudicando. Hasta que empezó a repetir una misma palabra una y otra vez, los ojos cerrados, el cuerpo tenso. Hasta que dijeron Terapia Intensiva, la misma donde no hace mucho despedí a mi mejor amiga. Hasta que la Eminencia recomendó llamar a un sacerdote. Hasta que se fue. Del todo.
Esto es cosa de D, dijo mi acongojada tía E, muy convencida. Afortunadamente, mi abuela no la escuchó. Más pequeñita que nunca, la Sobreviviente no se quebró. Tomada a la madera que cobijaba a la más joven de sus cinco hijas, la segunda en irse en menos de un mes, sólo se limitó a repetir Por qué, si la vieja soy yo.
Dos años después, a los 93, mi abuela se escapa cada vez más seguido al mundo de sus recuerdos. Mi tía E pelea con gracia contra una enfermedad dolorosa y agresiva. Mi papi se deshace un poquito más cada día. Y yo, amparada en los beneficios de la negación, me sobresalto cuando, entre los hermanos difuntos por cuyo eterno descanso hoy imploramos, escucho el nombre de las dos.
Los que se van ya no vuelven, sin embargo nos llaman. Y cada uno que se va, se lleva una parte de nuestra fe y por supuesto, de nuestra vida.