Los días para mi voluntaria entrada triunfal al mundo de los desempleados ya se cuentan con los dedos de las manos. Bueno, casi.
Inmediatamente después del Me voy, dudé bastante. ¿Y si no encuentro otro laburo? ¿Y si esto es lo mejor que puedo tener? ¿Y si estoy siendo atolondrada? ¿Y si esto no es tan malo como pienso?
Tengo en mi cabecita un par de neuronas que todavía piensan un poco y, ¡suerte para mí! son vecinas. Entonces les resulta más fácil hacer sinapsis después de chismotear por encima del cerco del jardín.
Primera respuesta: Algo voy a encontrar. No es que el índice de desempleo no me inspire respeto (aún dibujado como está). Simplemente sé que puedo. La prueba más contundente que tengo es que llevo 3 años aquí y, encima, pretenden que me quede. Tiene que haber otra empresa disfuncional en la que pueda encajar.
Segunda respuesta: Me resisto a pensar, por las mismas razones expresadas en el párrafo anterior, que éste es el techo para mí. Porque si es así, es más práctico que me quede en casa a jugar al ama de casa y hornear budines mientras estudio piano y moldeado en papel maché.
Tercera respuesta: Hace un año que me quiero ir. Listo.
Cuarta respuesta: Esto es más complejo. No es tan malo como creo. Es peor. Cada vez que me permití dudar un poco, los hechos me demostraron que hago bien en irme. Salir pasada la medionoche, escuchar excusas ridículas e insostenibles, recibir información que tiene la credibilidad del Indec, enterarme que lo “urgente” es para la semana que viene y eso para lo que “no hay apuro” entra hoy, tener que soportar un “ahora no hablemos porque estás alterada”. Sí, lo estoy.
Porque, a falta de telepatía, tengo que mandar al cuerno el organigrama saltear escalones hacia arriba si quiero ser eficiente o, por lo menos, estar al tanto de lo que hay que hacer.
Porque tengo que alzar la voz para que después del pretexto irrisorio llegue, por fin, la información que necesito desde hace 3 días, que existe desde hace 3 días y que contradice la que recibí al mediodía de hoy.
Porque cuando me enojo logro que esa mirada de eterno desconcierto se concentre por encima de la línea de mis clavículas.
Se están esmerando. Quieren que me quede pero me dan todas las razones para que me vaya. No es incoherente en un lugar donde el sentido común es el menos común de los sentidos.