Siempre fui la distinta.
Mis hermanas, mucho mayores que que yo, son muy parecidas entre sí a pesar de los 4 años de diferencia. Hasta hace unos años podían pasar por gemelas. Lindas, civilizadas, femeninas, sumamente eficientes. Unas señoritas con todas las letras.
Yo fui hecha en otro molde. En primer lugar, yo iba a ser el varoncito. Incluso el nombre estaba elegido. Por otro lado, ser mujer y encima la menor me aseguró el papel de la nena de papá en la obra teatral llamada Mi familia. Consciente de las dos cosas desde muy chica, traté de hacer lo mejor que pude al respecto con resultados bastante dispares. La dualidad es un punto de partida peligroso a la hora de construir una personalidad o, al menos, un sucedáneo de ésta.
Como la nena de papá estoy programada para volver siempre a horario, disfrazar resacas, ocultar cualquier síntoma evidente de rebeldía, aceptar límites más allá de lo razonable e, incluso, terminar una carrera que no era para mí sin que se notara el desencanto. Hasta aquí, mis hermanas y yo tenemos un par de cosas en común, con la diferencia de que eran buenas chicas a conciencia y lo mío era más bien una actuación. Además, yo tenía el plus de ser la alegría del hogar, la que recogía los pedazos después de un momento incómodo, la que buscaba conciliar las partes, la que siempre tenía algo para decir y compartir (fuera verdad o mentira) con tal de mantener el status quo.
Está claro que yo nunca fui una señorita. No tengo los ojos enormes de la mayor, ni la fina elegancia de la del medio. Resumiendo, no soy linda como ellas. Por otro lado, siempre fui espontánea y ocurrente (sic), características que mi familia considera una curiosidad reprobable más que rasgos dignos de ser valorados (¡mucho menos estimulados!). Cuenta la leyenda que destrocé un vestido por considerarlo una afrenta a mi gusto personal. El detalle jocoso es que tenía apenas un año y lo tenía puesto. La respuesta de mi entorno fue una terapia (fallida) de desensibilización sistemática que incluyó años de atuendos llenos de puntillas y volados. No es raro que hoy odie el rosa y la ropa demasiado elaborada.
Tampoco soñé con casarme vestida de merengue, tener la casita, la cerca pintada de blanco, los niños vestidos en composé y el perro trayéndome el diario. Mucho menos con el príncipe azul en el caballo blanco, ni siquiera con un yuppie en un 306. Por alguna razón tenía incorporado en mi esquema mental que toda esa fantasía que nos venden desde que somos pequeñas no era más que un cliché. Recién cuando fue demasiado evidente (hasta para mí) que quería pasar el resto de mi vida con mi mejor amigo, pude tolerar la idea de que, quizá, ese pedacito de convencionalismo podía tener algo que ver conmigo. Pero, eso sí, jamás salí con mi chico un sábado a la noche antes de las 11. Es decir, antes de terminar de ver el partido con mi papá.
Mi lado masculino ama el fútbol, lo sufre, lo respira. Y odia las canciones y películas para chicas, el romanticismo barato, las telenovelas de la chica pobre y el millonario (y cualquier otra, en realidad). Soy la que ruega para que se termine de hundir el Titanic con Jack y Rose encerrados en un camarote o que la tuberculosa de Moulin Rouge se muera de una buena vez, aunque sea de un ataque de tos. Soy la chica que está rodeada de hombres no por ser linda sino por ser uno más, por entender esos códigos más que los de mi propio género. Soy la que quiere creer que puede andar por el mundo subida a 7 centímetros de taco sin tener que caer en los estereotipos de la femeneidad.
Ilusa. Como si no supiera que cada vez que me pongo tacos me tropiezo o termino hundida en el barro.