Hace unos meses, alguien con quien comparto gran parte del día pero que no conoce nada de mí, me dijo sin anestesia que no tenía derecho a quejarme. Mi vida, a sus ojos, es de lo más reconfortante. Un marido que me quiere, un padre abnegado y un pasar económico sin demasiados sobresaltos.
En ese momento me maravilló que alguien me hubiera simplificado en tres ítems. Además, y sin desprestigiar a los dos hombres que viven conmigo, ninguna de esas características hacen a mi persona, a mi esencia y a lo que soy como ser humano. Soy según los demás. A sus ojos. El problema es que yo quiero ser por mí misma, cuestión elemental que a ella jamás se le cruzó por la cabeza. Concepto que desconoce. Inquietud que no la desvela. Etcétera. La resignación tiene mil formas de ser definida.
Seamos justos. No tengo mucho de qué quejarme realmente. Mis necesidades básicas están mediamente satisfechas: techo, abrigo, comida, afecto. Aún renunciando a fin de mes, ese nivel de satisfacción no corre peligro. Mis problemas pasan por otro lado y, en estos tiempos de crisis reales y constantes, dejan de ser relevantes. Caen en la categoría de caprichos, inconstancias, delirios o complejos. Salvo los amigos que se dignan a reconocer que a ellos también les pasa lo mismo, nadie siente mucha simpatía por una persona en plena crisis vocacional, por ejemplo.
A mi alrededor hay gente que tiene razones reales para quejarse. Enfermedades que amenazan la vida y la dignidad. Viudeces muy tempranas para hacerse a la idea o muy tardías hasta sentir que se murió la mitad de uno. Parejas que se van sin dar tiempo a preguntar por qué. Cargas de todo tipo: familiares, sociales, económicas, culturales, religiosas. Hay para todos. Elija su propio martirio y vea qué le depara el futuro si decide ir a la página 22.
Yo no sé lidiar con problemas. Ni reales ni imaginarios. Ni físicos ni etéreos. Mi vida, hasta hace un par de años, corría dentro de los carriles de una normalidad que rozaba el aburrimiento. A mi familia no le pasaba nada. Nunca nos mudamos, nuestros perros viven por décadas, ninguna de las tres princesitas se llevó una materia a marzo. Tanto tiempo de confort me sacó la capacidad de reacción ante las eventualidades que se presentaron después y que, aparentemente, van a seguir ocurriendo. Todavía, y eso que últimamente nos vemos seguido, no me llevo bien con la muerte.
Señora de la Vida Completa, quién es usted para quejarse.
Quejarse es una cosa. Cuestionarse es otra. Por lo tanto, no es lo mismo vivir quejándose que cuestionándose. Lo segundo, es bueno. Uno se cuestiona quién es, que quiere, hacia dónde va. Y lo más gracioso es que uno no sabe las respuestas, ni los demás. Las respuestas se encuentran en la medida que uno va, no digo que uno avanza, tan solo que “uno va”. Dónde, cómo, por qué, son más preguntas que no tienen una respuesta de antemano. Pero ojo, que si uno “va” dejando el ancla colocada, es probable que no recorra mucho camino. Y si la realidad nos resulta demasiado díficil, lo mejor es “ir” mentalmente, desde la imaginación, las ilusiones. Si uno es capaz de lograrlo, será capaz de transformar las mismas en realidad. Al menos eso creo, eso me ayuda. En un mundo donde las ilusiones no existen, crear las propias es un alivio para poder seguir viviendo.
El problema, estimado, es que de la imaginación a la evasión hay un solo paso.