Tengo muchos recuerdos de mi infancia, pero en ninguno de ellos me veo respondiendo a la trilladísima pregunta ¿Qué querés ser cuando seas grande?. Quizá sea todo parte de un proceso de negación, pero honestamente no lo recuerdo. Tampoco tengo memoria de que la chiquita cachetona que trepaba techos sin pestañear y jugaba a ser Elizabeth de la serie de los extraterrestres que comían ratas, haya hecho planes a futuro como los otros chicos. Ni astronauta, ni doctora, ni mamá de 3 dulces niños. Nada. Nunca dije: Muero por ser esto. Vaya uno a saber en qué tenía ocupada mi cabezota, pero estaba bastante lejos de la ambición, la vocación y otras inquietudes que, quizá, me hubieran asegurado un presente más claro. No digo promisorio ni brillante. Simplemente, más claro. Con eso me alcanzaría.
No estaba en los planes de nadie que esta adulta hecha y derecha hoy no sepa qué hacer con su vida. La nena estaba hecha para triunfar y trascender. Mis gracias infantiles se apartaban de la ingenuidad de En el cielo las estrellas, en el campo las espinas. Siendo capaz de leer y escribir incluso antes de abandonar la mamadera, muy pronto desarrollé la habilidad de contradecir a los adultos en su propio terreno. Era divertidísimo desnudar su ignorancia, con la seriedad de una pequeña déspota que llevada por su curiosidad había leído todos los libros que tenía a su alcance, se movía por una enciclopedia con más destreza que en una bicicleta y sentía la necesidad de saber y hacer saber como si fuera un apostolado. Señalar, corregir, desconcertar. Ése era mi juego.
Y aunque las reglas cambiaron un poco, en la secundaria fue muy parecido. Llegué a convencer a cada una de mis profesoras que estaba hecha para seguir sus pasos. Sin mover un dedo, sin esfuerzos. Tan concentrada estaba en mi unipersonal, que nunca me di tiempo para pensar qué vendría después, cuando dejara de ser el prodigio mental que todos decían que era y tuviera que enfrentarme al mundo como una adulta más.
La nena que iba a llegar lejos anda a los tumbos. Y es demasiado cobarde para trepar el techo de su propia mediocridad.
¡Que bueno poder volver a leerte! Se extrañaba la pluma fina y la ironía sutil…
Para qué mentirte. No sé si te hubiera terminado realizando el periodismo deportivo, pero con un teclado delante estás en tu salsa, sin duda alguna.
Interesantes escritos. Tuvimos infancias y adolescencias bastante parecidas. Leyendo, confimo sospechas que datan de las épocas del primer Magazine.
Paso prontito de vuelta.
Beso grande!
Fer
¡Gracias por pasar, Fer!
Confieso: me preocupa el tema de las sospechas.