Arroz con leche
me quiero casar
con una señorita de San Nicolás.
Que sepa tejer,
que sepa bordar,
que sepa abrir la puerta para ir a jugar
De “Arroz con leche”, confusa canción infantil.
Las primeras canciones que aprendemos no son, precisamente, un ejemplo de coherencia. A tan tierna edad, no somos capaces de comprender ni mucho menos cuestionar ciertos delirios en rima que las maestras de Jardín de Infantes y tías con instinto maternal nos enseñan con un único y nefasto propósito. En cada reunión familiar, el coro de adultos nos pedirá una y otra vez que cantemos la del demandante Elefante Trompita, la trágica historia nasal del Payaso Plin Plin y otras aberraciones musicales.
Poniendo bajo la lupa el popular Arroz con leche, uno no puede menos que alzar una ceja escéptica y preguntarse a qué mente enferma se le ocurrió semejante barbaridad. Lo reconozco, mi cuestionamiento no es original, no soy la primera en destripar verso a verso este sucesión de ideas inconexas. ¿Alguien sabe cuáles son las intenciones ocultas de la Viudita del Barrio del Rey?
Hoy me voy a enfocar en las cualidades de la señorita de San Nicolás. La persona que invocaba tan infáticamente al lechoso y blanquecino alimento, también pretendía que su futura esposa cumpliera con una serie de requisitos un tanto básicos. Que sepa coser, bordar y abrir la puerta para ir a jugar. Pequeño gran detalle: no pedía que supiera cocinar. Evidentemente, o ya existía el delivery o el sujeto prefería las milanesas de su mamá. Y esto no se quedó ahí.
A lo largo de la historia y excediendo los límites de una canción infantil, las mujeres con deseos de casarse y formar una familia siempre tuvieron que tener una serie de skills sin las cuales, pobre de ellas, estaban condenadas a vestir santos, cuando todos sabemos que es mucho más divertido desvestir a seres humanos de carne y hueso. Incluso el Kamasutra es muy específico en lo que debe esperarse de una buena mujer (créase o no, hay mucho más que posturas imposibles en esas páginas).
Me pregunto si a la Señorita de San Nicolás alguien le dijo: Che, si te va hacer otra cosa que no sea coser y bordar, todo bien. Y mejor todavía si querés cerrar la puerta para ir a jugar.
Porque al parecer ella, como casi todas, sabía lo que hacía, pero no queda claro si realmente lo disfrutaba.