La única razón por la que estoy escribiendo es porque, una vez más en mi vida, cedí a la presión.
Vos deberías tener un blog.
Bueno, héme aquí.
Para no perder la costumbre, estoy metiéndome en algo de lo que no estoy muy convencida, únicamente porque me dijeron que estaría bueno que lo hiciera. No creo tener nada interesante para contar, sólo los desvaríos de alguien que está envejeciendo más rápido de lo que debería, a fuerza de gruñidos y una eterna insatisfacción.
Mi camino a este blog está regado de deberías. Soy una máquina de recibir e implementar sugerencias.
Vos deberías estudiar algo en serio.
Los 90 se sucedían en un jolgorio menemista y yo, mimetizada con el entorno, era ingenua y estúpida. Afortunadamente, ya no padezco de lo primero.
Cuando dije que quería estudiar periodismo deportivo, las reacciones fueron diversos matices de una única desilusión familiar. Sorpresa, sarcasmo, un par de ceños fruncidos. Aún sin saber lo que es una intervención, mis padres se las ingeniaron para llevar a cabo una en menos de lo que canta un gallo.
Y la nena, obediente, se inscribió en Medicina. Ahora hay un hueco de siete años en mi magro CV que no puedo explicar.
Vos deberías ir y ver qué onda
Un título, un casamiento y dos mudanzas más tarde, se hizo evidente que algo tenía que hacer de mi vida. Entonces un amigo, solidario, hizo la pregunta: ¿Te animás a presentarte de correctora?
En la entrevista ni dije ni mú.
A lo largo de mi experiencia en la oficina no dije ni mú.
Cuando me ascendieron a un puesto que no quería, de nuevo la vaca.
Ayer, después de 3 años de cauto y civilizado silencio, canalicé mi agotamiento físico y mental en las dos palabras que nadie esperaba: Me voy.
Y claro, antes de semejante decisión, un montón de gente me dijo: Vos deberías renunciar.