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Ella es la Parca.

Y no tuvo mejor idea que llevarse a la tía E.

Game over.

Again.

Quizá la cansó el jueguito médico de poner y sacar el oxígeno para ver si sus pulmones resistían.

O bien se hartó del desfile de agonizantes compañeras de habitación que el PAMI le destinó en estas últimas dos semanas.

No le gustaban las nebulizaciones, ni la sopa del mediodía.

Tampoco las galletas de la merienda, prefería pan casero.

Pueden haberla agotado los larguísimos y confusos viajes mentales a su infancia.

Muchas razones para irse. Pocas para quedarse para alguien que a lo largo de su vida siempre dio más de lo que tuvo.

Aguas mansas

La Sobreviviente venía alternando días buenos con malos, pero desde ayer está sumida en un sopor casi inexpugnable, una especie de coma autoinducido del que sale cuando (pareciera) se le da la gana, por escasos segundos. Una fracción de lucidez pasmosa o de delirio absoluto antes de volverse a hundir en su oscuridad. Porque la Sobreviviente está a ciegas en más de un sentido.

Su mente le juega malas pasadas, le mezcla presente y pasado en una sucesión de personas y acontecimientos encadenados sin demasiada coherencia.

Sus ojos aguados buscan pero no ven, aumentando la confusión. Dirige su rostro, ansiosa, hacia el ruido o la luz, pero no lograr dar forma a su entorno, frustrándose más aún.

A veces quiero creer que por esto que cuento, y no por una abrumadora declinación de sus capacidades, prefiere dormir. No hay nada interesante ahí afuera para ella.

Entonces, cuando nadie lo espera, se engancha en la conversación como si nada pasara. Afilada, justa, precisa. Pero, mientras los ocasionales espectadores se recuperan de su asombro, ella vuelve a dejarse caer en las tinieblas de su desconcierto.

La superficie del agua se queda quieta, mansa, oscura. Y contenemos la respiración, rogando que salga otra vez.

La Sobreviviente está internada otra vez.

La médica que la recibió en el sanatorio fue contundente: Ésta es la etapa final de una enfermedad crónica. Estamos haciendo todo lo que podemos dadas las circunstancias. De ahí en más, una serie de eufemismos que sirven de poco consuelo.

Ahora bien, hay algo que se escapa de los límites de una historia clínica: la tenacidad de la Sobreviviente.

La vida le dio la espalda miles de veces y nunca se dejó caer. Ni siquiera cuando se quedó viuda a los 31, embarazada de su quinta hija (mi mamá).

El dolor siempre estuvo rondando y nunca se quejó. No conozco a nadie que haya soportado un infarto, unas cuantas neumonías y un glaucoma que le robó la vista de a poco sin decir ni mú.

Supo desde muy chica, cuando siendo la segunda de once hermanos tomó las riendas de su hogar, que solo el trabajo y la constancia la salvarían. Inflexible como madre, su conducta se dulcificó con la llegada de los nietos. Gracias a ella dos generaciones desarrollaron un apetito voraz tanto por la lectura como por la comida casera, aprendieron a jugar a las cartas y descubrieron el encanto de la ironía.

Su filosofía es un compendio de certezas simples.

Sobre el trabajo: Hay que mantenerse ocupado porque sino uno tiene tiempo de pensar tonteras.

Sobre el matrimonio: Hay veces, querida, que tenés que mirar para otro lado y saber perdonar (¿podemos discutir eso?).

Sobre los niños I: No sé de qué te quejás, vos eras igual de ruidosa.

Sobre los niños II: Son chicos sanos, por eso se portan así.

Hoy, algo de esa filosofía y de esa tenacidad la mantienen luchando, aferrada a un pedacito de pulmón funcionante.

Siempre hizo las cosas a su modo. Y esta vez no va a ser la excepción.

Fiebre de sábado

Fue un día bizarro.

En lo estrictamente personal, le dieron el alta a mi abuela, epílogo de una situación que merece una entrada por sí misma.

En lo deportivo, venciendo una amenaza de riquelmeada, San Martín de Tucumán salió campeón del Nacional B.

En lo referido a la realidad, no entiendo cómo la soberbia puede ir tan lejos.

Emociones encontradas, ámbito desfavorable para alguien que prefiere moverse en una sola dimensión.

La misma película

Ya estuvimos aquí, ¿no?

En este rincón, sufriendo esclerodermia y con poco espíritu colaborador, la tía E.

En el otro rincón, con una infección pulmonar de aquéllas y ya sin noción de lo que ocurre alrededor, la Sobreviviente.

Las dos, internadas. Las dos, sosteniendo hasta último momento que no pasa nada. Las dos, luchando su pelea privada a menos de 10 cuadras de distancia de la otra, sin saberlo.

Una es demasiado consciente de lo que le ocurre y, como siempre, lo oculta hasta que la situación es intolerable. A esta altura se merece un Oscar, por su papel en “Si yo estoy bárbara, denme el alta”. La otra, no sabe que está en terapia intensiva y que sus pulmones se están rindiendo. Esta vez va más allá que lo de todos los inviernos. Pero nadie lo va a decir.

Es Junio, y tengo pánico.

Un mundo de sensaciones

Alivio.

La lucha de ¿poder? que se desencadenó en la oficina ante mi partida fue algo digno de verse. Me resultó llamativo cómo el puesto que yo consideraba (y aún lo hago) un refugio de mediocridad, se transformó de pronto en un botín de guerra. Es en estas situaciones donde se descubre que hay miserias y necesidad de reconocimiento más patéticas que las de uno. Lo más triste pero no por eso sorprendente, fue que con un pie afuera seguí siendo considerada como una rival. No sé si esperaban que me arrepintiera o que todo fuera un bluff. Los lobos soplaban sin saber que el cerdito ya se había ido.

Acelere.

De repente tengo ganas de hacer todo. Cocinar, estudiar, leer, escribir, salir. El regreso de la Señorita de San Nicolás, pero high on something. Miles de ideas, proyectos, delirios. La energía dispersa en todas direcciones. Conociéndome, es solo una fase, una compensación fugaz de mi mente ante el aburrimiento y las horas vacías. Lentamente, lo sé, el frenesí dará lugar a la tan familiar procrastinación. Me conformo saber que hago unas papas al curry tremendas y con terminar el pulóver.

Dudas.

¿Me gustará estar conmigo? Se sabe, la gente me parece un mal necesario. Aclaro: la gente no incluye a quienes aprecio, sino a una humanidad genérica, predecible, agobiante. Y teniendo en cuenta que no me quiero demasiado, no sería raro que ahora que tengo todo el tiempo del mundo para pensar en mí me termine hartando de mi persona.

Paciencia.

Hay una canción que aborrezco de Jarabe de Palo que dice “Todo me parece bonito”. Todo lo que habitualmente me resulta intolerable, ahora es placentero o, por lo menos, no despierta mis fantasías homicidas. Quizá sea demasiado pronto para sacar conclusiones, pero al parecer mis nervios están en paz con ellos mismos, apartándome del ya clásico estado de cortocircuito inminente. Ni siquiera el viajecito/huida de Cristina me arrancó de mi dimensión zen recién descubierta.

Preocupación.

Tengo miedo de acostumbrarme demasiado a esta vida de hogar, de ama de casa de tercer milenio. Una de mis amigas me señaló, con un guiño, la diferencia entre ser una desocupada y una mantenida. No, por favor, yo no quiero ni puedo ser una chica Utilísima. Mi voz es muy grave, me gusta demasiado el fútbol y, por ahora, no me interesa el feng shui.

Justo y necesario

Anoche, en una misa en la que quedó demostrada una vez más por qué el catolicismo va perdiendo adeptos por estos pagos, comenzó Ese mes del año. Por esta época pero en el 2006, mientras el pueblo futbolero argentino se preparaba, sin saberlo, para otra desilusión mundial, mi familia perdió la inocencia.

Cabe aclarar que, por esas cosas de la vida, cuando digo mi familia me refiero exclusivamente a la rama materna. La familia de mi padre siempre estuvo en esa conocida pero al mismo tiempo alejada galaxia de los parientes.

Siendo una estructura netamente matriarcal, desde que tengo uso de razón tuvimos la certeza inconsciente que la primera en irse sería mi abuela. Juraría que desde mis tías hasta mis sobrinos, todos creíamos que ella, la Sobreviviente, se marcharía de este mundo discretamente, todavía lúcida y mordaz, enamorada de su marido (o de su recuerdo, quién sabe) a pesar de haber enviudado hace más de ¡60 años!. Y eso iba a estar bien, una vida plena aunque llena de altibajos merece un epílogo de serenidad. Pero no. El destino tenía otros planes.

El primer golpe llegó un sábado al mediodía. Todos corrimos al hospital a ver a mi tía D (la más querida de mis 4 tías maternas), a quien habían internado después de dos semanas de rebotar en consultorios y salas de emergencia por un dolor de cabeza subestimado. Un cuadro confuso, un diagnóstico tardío, miles de idas y vueltas, un pequeño milagro (ajeno), y la inolvidable sensación de vacío al ver la tomografía, los ventrículos cerebrales llenos y dilatados, la sentencia en un trozo de acetato. Después de una cirugía que duró casi 8 horas, la esperanza. El reconocimiento, por fin, en los ojos que nunca negaron cariño, ni aun con la muerte rondando. Viajá tranquila, me dijeron. Pero el teléfono sonó a las 5 de la mañana en un cuarto de hotel en Buenos Aires.

Nueve noches después, una misa en una iglesia sencilla en una pequeña ciudad del interior. Cada vez que voy, me pregunto de cuántas personas seré pariente, teniendo en cuenta la predisposición de mis tíos abuelos a la improlija propagación de la especie. Entre tanta gente, el rostro de mi madre, abotagado y agotado en lo que, se suponía, era una manifestación más del duelo. Cómo adivinar que esa enfermedad que, aunque diagnosticada dos años atrás, la había desgastado durante por lo menos dos décadas, estaba dando su zarpazo final.

La Eminencia dijo Quizá sea necesario internarla. Un viernes al mediodía. Junio. Dos semanas después de lo de mi tía. Poner la otra mejilla, supongo. Ahí empezó el lento proceso de desconexión. Su frustración, primero, por no poder resolver un crucigrama. Después, por no poder recordar los nombres de sus hijas. En los últimos espasmos de lucidez, por considerarse una carga (Cómo te hago renegar, ¿cierto, nena?). Cada noche (mi turno) era evidente que se iba un poco más, aunque siempre quedaba la sensación de que podía volver. Hasta que un pequeño hilo de sangre se escapó por una de sus comisuras, señal inequívoca de que sus plaquetas estaban claudicando. Hasta que empezó a repetir una misma palabra una y otra vez, los ojos cerrados, el cuerpo tenso. Hasta que dijeron Terapia Intensiva, la misma donde no hace mucho despedí a mi mejor amiga. Hasta que la Eminencia recomendó llamar a un sacerdote. Hasta que se fue. Del todo.

Esto es cosa de D, dijo mi acongojada tía E, muy convencida. Afortunadamente, mi abuela no la escuchó. Más pequeñita que nunca, la Sobreviviente no se quebró. Tomada a la madera que cobijaba a la más joven de sus cinco hijas, la segunda en irse en menos de un mes, sólo se limitó a repetir Por qué, si la vieja soy yo.

Dos años después, a los 93, mi abuela se escapa cada vez más seguido al mundo de sus recuerdos. Mi tía E pelea con gracia contra una enfermedad dolorosa y agresiva. Mi papi se deshace un poquito más cada día. Y yo, amparada en los beneficios de la negación, me sobresalto cuando, entre los hermanos difuntos por cuyo eterno descanso hoy imploramos, escucho el nombre de las dos.

Salida fácil

Los días para mi voluntaria entrada triunfal al mundo de los desempleados ya se cuentan con los dedos de las manos. Bueno, casi.

Inmediatamente después del Me voy, dudé bastante. ¿Y si no encuentro otro laburo? ¿Y si esto es lo mejor que puedo tener? ¿Y si estoy siendo atolondrada? ¿Y si esto no es tan malo como pienso?

Tengo en mi cabecita un par de neuronas que todavía piensan un poco y, ¡suerte para mí! son vecinas. Entonces les resulta más fácil hacer sinapsis después de chismotear por encima del cerco del jardín.

Primera respuesta: Algo voy a encontrar. No es que el índice de desempleo no me inspire respeto (aún dibujado como está). Simplemente que puedo. La prueba más contundente que tengo es que llevo 3 años aquí y, encima, pretenden que me quede. Tiene que haber otra empresa disfuncional en la que pueda encajar.

Segunda respuesta: Me resisto a pensar, por las mismas razones expresadas en el párrafo anterior, que éste es el techo para mí. Porque si es así, es más práctico que me quede en casa a jugar al ama de casa y hornear budines mientras estudio piano y moldeado en papel maché.

Tercera respuesta: Hace un año que me quiero ir. Listo.

Cuarta respuesta: Esto es más complejo. No es tan malo como creo. Es peor. Cada vez que me permití dudar un poco, los hechos me demostraron que hago bien en irme. Salir pasada la medionoche, escuchar excusas ridículas e insostenibles, recibir información que tiene la credibilidad del Indec, enterarme que lo “urgente” es para la semana que viene y eso para lo que “no hay apuro” entra hoy, tener que soportar un “ahora no hablemos porque estás alterada”. Sí, lo estoy.

Porque, a falta de telepatía, tengo que mandar al cuerno el organigrama saltear escalones hacia arriba si quiero ser eficiente o, por lo menos, estar al tanto de lo que hay que hacer.

Porque tengo que alzar la voz para que después del pretexto irrisorio llegue, por fin, la información que necesito desde hace 3 días, que existe desde hace 3 días y que contradice la que recibí al mediodía de hoy.

Porque cuando me enojo logro que esa mirada de eterno desconcierto se concentre por encima de la línea de mis clavículas.

Se están esmerando. Quieren que me quede pero me dan todas las razones para que me vaya. No es incoherente en un lugar donde el sentido común es el menos común de los sentidos.

Hundiendo el Titanic

Siempre fui la distinta.

Mis hermanas, mucho mayores que que yo, son muy parecidas entre sí a pesar de los 4 años de diferencia. Hasta hace unos años podían pasar por gemelas. Lindas, civilizadas, femeninas, sumamente eficientes. Unas señoritas con todas las letras.

Yo fui hecha en otro molde. En primer lugar, yo iba a ser el varoncito. Incluso el nombre estaba elegido. Por otro lado, ser mujer y encima la menor me aseguró el papel de la nena de papá en la obra teatral llamada Mi familia. Consciente de las dos cosas desde muy chica, traté de hacer lo mejor que pude al respecto con resultados bastante dispares. La dualidad es un punto de partida peligroso a la hora de construir una personalidad o, al menos, un sucedáneo de ésta.

Como la nena de papá estoy programada para volver siempre a horario, disfrazar resacas, ocultar cualquier síntoma evidente de rebeldía, aceptar límites más allá de lo razonable e, incluso, terminar una carrera que no era para mí sin que se notara el desencanto. Hasta aquí, mis hermanas y yo tenemos un par de cosas en común, con la diferencia de que eran buenas chicas a conciencia y lo mío era más bien una actuación. Además, yo tenía el plus de ser la alegría del hogar, la que recogía los pedazos después de un momento incómodo, la que buscaba conciliar las partes, la que siempre tenía algo para decir y compartir (fuera verdad o mentira) con tal de mantener el status quo.

Está claro que yo nunca fui una señorita. No tengo los ojos enormes de la mayor, ni la fina elegancia de la del medio. Resumiendo, no soy linda como ellas. Por otro lado, siempre fui espontánea y ocurrente (sic), características que mi familia considera una curiosidad reprobable más que rasgos dignos de ser valorados (¡mucho menos estimulados!). Cuenta la leyenda que destrocé un vestido por considerarlo una afrenta a mi gusto personal. El detalle jocoso es que tenía apenas un año y lo tenía puesto. La respuesta de mi entorno fue una terapia (fallida) de desensibilización sistemática que incluyó años de atuendos llenos de puntillas y volados. No es raro que hoy odie el rosa y la ropa demasiado elaborada.

Tampoco soñé con casarme vestida de merengue, tener la casita, la cerca pintada de blanco, los niños vestidos en composé y el perro trayéndome el diario. Mucho menos con el príncipe azul en el caballo blanco, ni siquiera con un yuppie en un 306. Por alguna razón tenía incorporado en mi esquema mental que toda esa fantasía que nos venden desde que somos pequeñas no era más que un cliché. Recién cuando fue demasiado evidente (hasta para mí) que quería pasar el resto de mi vida con mi mejor amigo, pude tolerar la idea de que, quizá, ese pedacito de convencionalismo podía tener algo que ver conmigo. Pero, eso sí, jamás salí con mi chico un sábado a la noche antes de las 11. Es decir, antes de terminar de ver el partido con mi papá.

Mi lado masculino ama el fútbol, lo sufre, lo respira. Y odia las canciones y películas para chicas, el romanticismo barato, las telenovelas de la chica pobre y el millonario (y cualquier otra, en realidad). Soy la que ruega para que se termine de hundir el Titanic con Jack y Rose encerrados en un camarote o que la tuberculosa de Moulin Rouge se muera de una buena vez, aunque sea de un ataque de tos. Soy la chica que está rodeada de hombres no por ser linda sino por ser uno más, por entender esos códigos más que los de mi propio género. Soy la que quiere creer que puede andar por el mundo subida a 7 centímetros de taco sin tener que caer en los estereotipos de la femeneidad.

Ilusa. Como si no supiera que cada vez que me pongo tacos me tropiezo o termino hundida en el barro.

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